Una Historia
de la Vida Real
Hasta
la fecha, los visitantes siguen preguntando: ¿qué impulsó
al animal a realizar aquellos actos heroicos?
EL
PERRO QUE CAMINÓ A TRAVÉS DEL FUEGO
Granite Falls, en el estado norteamericano de Washington, no es más
que un grupo de granjas rodeadas de un extenso bosque de pinos y pinabetes.
Durante años el pueblo ha sido el lugar donde se abandonan los
perros y gatos demasiados grandes para vivir en los apartamentos de
las ciudades de Puger Sound. “La gente de la ciudad piensa que
siempre nos viene bien otro perro o gato”, observa Fern Carlson,
que vive con su esposo, Howard, y su hija, Peral, de diecisiete años,
en una granja situada en el extremo oriental del pueblo. “Y, sabe
usted”, agrega, “Algunas veces tienen razón”.
El episodio que describen los Carlson se remonta a la Nochebuena de
1975. Ya formaban una familia numerosa cuando se mudaron a Granite Falls
en 1972 (tenían seis hijos) y siempre pasaban la Nochebuena con
la hermana de Howard, que vivía cerca. Esa noche, la familia
regresó a la casa poco antes de las 12. El viento y la lluvia
azotaban la ladera de la montaña. Cuando Howard corría
hacia la casa, de un solo piso, vio a un cachorro de buen tamaño
echado junto a la puerta; el perro estaba empapado hasta los huesos,
y sus enjutos costados se estremecían por el dolor. Howard examinó
el collar; un rótulo indicaba que había sido vacunado
contra la rabia, pero la chapa de metal con el nombre y domicilio del
dueño del animal había sido arrancada.
Con la ayuda de Fern, Howard examinó el cuerpo del perrito y
de inmediato vieron lo que le ocurría: una bala casi le había
pelado la parte posterior de la cabeza, en la que se veía una
raya sanguinolenta. Marido y mujer se miraron atónitos. ¿Qué
tipo de gente era capaz de arrojar allí un perro en Nochebuena,
y luego de pegarle un balazo abandonarlo a la muerte?
Un año antes, el perro pastor alemán de los Carlson, que
tenía quince años, había muerto y los niños
quedaron desconsolados. Fern, que comprendía que el animal herido
podía morir, murmuró”.
-¡No voy a permitir que los niños pasen por eso otra vez!
Howard se inclinó sobre el perro, miró a su mujer, y dijo:
-Bien, nos quedaremos con él hasta que esté curado. Después
le buscaremos un hogar.
Luego llegaron al interior de la casa y le limpiaron la herida con agua
oxigenada.
Pronto el cachorro comenzó a recobrar las fuerzas y a retozar,
su pecho y sus hombros se agrandaron hasta quedar proporcionados a sus
orejas caídas y sus grandes patas. Los ojos castaños reflejaban
curiosidad e inteligencia. Parecía ser una cruza de pastor alemán
y siberiano, con el cuerpo cuadrado de aquel y el pelaje espeso, gris
negruzco del último. El perro se acostumbró a la vida
del campo. Rondaba por la granja y le atraía especialmente la
porqueriza, aunque no le quitaba tampoco el ojo a las gallinas, los
patos y las vacas.
Después de un par de semanas Howard preguntó a su esposa:
-Bien, ¿cuándo vamos a librarnos del perro?
Hubo un instante de tenso silencio y luego ambos rompieron a reír.
-Ya le he dado un nombre –dijo Fern-. Lo llamo King
porque se ha convertido en el rey de la granja.
Una tarde, cuando Fern llegaba al patio, oyó ladrar a King tras
el granero y descubrió que el animal tenía acorralado
contra la pared a un desconocido presa del pánico. “¡Llame
a su perro!”, suplicó el hombre. Con la mano en el collar
del animal, lista para soltarlo, la mujer interrogó al desconocido.
Cuando este le explicó que pertenecía a una agencia gubernamental
de la localidad, sintió desconfianza (hacía poco un ladrón
había entrado a la casa de un vecino), pero le dio un plazo de
dos minutos para que se marchara. (Cuando Fern hizo averiguaciones,
descubrió que la agencia no había enviado a ninguna persona
a la granja). “Desde el principio, King se sintió dueño
del lugar”, cuenta Fern.
Según se sucedieron las estaciones, todos los muchachos, con
excepción de Pearl, dejaron la granja para ir a la universidad
o casarse. Entre tanto, la granja progresó bajo la mayordomía
de King. Luego, en noviembre de 1980, Howard enfermó de los pulmones
y permaneció hospitalizado hasta tres días antes de la
Navidad. Aunque débil, insistió en que los hijos y los
nietos se reunieran en la granja para un almuerzo de pavo. King se sumó
a la reunión; retozó con los más pequeños
y engulló su parte del relleno del pavo. Esa noche, trascurridos
cinco años y veinticuatro horas desde que llegó casi moribundo
a la granja, el muy querido mestizo abandonado pagó la deuda
que tenía con la familia Carlson.
Nadie sabe cómo se inició el incendio. Fern había
tenido problemas con el horno de microondas; este había hecho
saltar varias veces el interruptor de la caja de fusibles, por lo que
el fuego tal vez se haya iniciado allí, latente durante un tiempo.
Alrededor de las 3 de la madrugada, las llamas envolvieron la cocina
y se extendieron entre el cielorraso y el techo de la casa.
Peral dormía cuando King entró corriendo en el dormitorio,
arrancó las frazadas y comenzó a tirar del camisón.
Ella trató de apartarlo. Finalmente el perro logró tomarla
del brazo y mansamente la sacó de la cama. Ya se pie, Peal comenzó
a sofocarse debido al espeso humo. Cruzó corriendo el vestíbulo
y entró en la habitación de sus padres, gritando que la
casa estaba ardiendo. Fern se levantó al instante. Aun en ese
momento de pánico, se dio cuenta de que King trataba de ladrar
para dar la alarma, pero apenas dejaba oír un gemido lastimero.
La principal preocupación de Fern era Howard, que tenía
mal los pulmones. Tras hacerlo levantarse lo guió hacia la ventana
del dormitorio y le indicó que saltara. Luego se volvió
y corrió en busca de Pearl, quien, en la confusión, había
entrado en la sala. Moviéndose a tientas encontró a su
hija, la guió hasta la ventana del dormitorio de la chica y la
hizo saltar. Luego ella hizo lo mismo. El humo flotaba cerca del suelo
y Fern no podía ver nada. Pero supuso que Howard había
escapado por la ventana del dormitorio de ambos, y que King también
se había puesto a salvo. Pero entonces oyó los gemidos
que daba el perro en la ventana del cuarto del Pearl. Ordenó
al animal que saltara. Pero en lugar de hacerlo este corrió otra
vez hacia el dormitorio principal. De pronto Fern comprendió:
¡Howard se hallaba todavía en la casa!
La mujer regresó al interior de la casa. El humo era ahora más
espeso, y mientras cruzaba tambaleante el cuarto de Pearl y el vestíbulo,
escuchó el crepitar del techo en llamas sobre su cabeza. Podía
oír también los gemidos de King. Guiada por ellos, dio
con Howard, que yacía en el piso. Ayudó a su marido a
ponerse en pie; este no había perdido el conocimiento, pero apenas
podía va¬lerse por sí solo. Lo guió hasta la
habitación de Pearl, donde el humo era menos denso.
Allí, Fern se vio frente a un nue¬vo problema: el panel corredizo
de vidrio de la ventana del dormitorio estaba atorado y la abertura
era de¬masiado angosta para que pasara Howard. Fern miró
hacia arriba. El cielorraso se hallaba a punto de caer. Comprendió
que si querían salir, debían hacerlo en unos pocos se¬gundos.
Desesperada, tomó uno de los bloques de madera que había
bajo el tocadiscos de Pearl y comenzó a gol¬pear los vidrios
de la ventana. Estos se rompieron, pero ella no podía romper
los marcos. En ese instante Howard cruzó tambaleante el cuar¬to,
levantó la máquina de coser, la arrojó contra la
ventana y arrancó lo que quedaba de los vidrios y el marco.
Fern sostuvo a su esposo cuando este se desplomaba agotado por el esfuerzo,
luego lo apoyó contra el alféizar de la ventana y lo empujó
hacia afuera, al mismo tiempo que Pearl tiraba de su padre. Fern saltó
a continuación, seguida por King. "Él fue el último
en salir", cuenta Pern. "Se negó a moverse hasta que
todos nosotros estuviéramos fuera".
La casa quedó destruida casi por completo, pero la pérdida
pareció de poca importancia cuando los Carlson comprendieron
lo afortunados que eran al estar vivos.
La aurora encontró a los Carlson y a los vecinos pasando revista
a lo que King había hecho para salvar a tres personas de las
llamas. Todos podían ver el pelo chamuscado del cuerpo y la cara
del animal, y sus patas quemadas e hinchadas. Era obvio que se había
aventurado por lugares muy calientes para llegar a los dormitorios.
La marca de una quemadura en la garganta tuvo a to¬dos perplejos
hasta que descubrie¬ron que se debía al collar de cadena.
El calor había sido 10 bastante in¬tenso para hacer que el
metal que¬mara la piel hasta llegar a la carne.
Subsistía un gran interrogante: ¿cómo logró
King entrar en la casa? El animal dormía en la sala de jue¬gos,
que tenía una puerta que daba al patio y quedaba abierta para
el caso de que King necesitara salir. Pero la puerta de entrada a la
cocina siempre permanecía cerrada. La in¬cógnita se
esclareció cuando King se negó a comer. Cliff Brincefield,
hermano de Fern, examinó el hocico del perro y encontró
astillas de ma¬dera en sus quijadas. ¡Al parecer King se abrió
paso a mordiscos a través de la puerta de madera ter¬ciada
de la cocina para salvar a la familia!
Cuando el relato de las hazañas de King apareció en los
diarios, gen¬te de todo el estado' acudió a ver al perro
que caminó a través del fuego. En octubre de 1981 King,
ganó el premio de una importante compañía que elabora
comida para perros al Perro Héroe del Año, y viajó
en avión a Florida con los Carlson para, recibir un collar y
trailla y un bono de ahorros por mil dólares.
Hoy, la casa reconstruida y la granja otra vez en marcha, los visitantes
siguen preguntando: ¿qué cosa impulsó a King a
actuar así? Fern defiende su punto de vista:
-King es dueño del lugar –dice-, y se siente responsable
de cuanto hay aquí. Por supuesto, si hubiera tenido sentido común,
hubiera salido en el momento en que olfateó el humo. Pero posee
algo mejor que el sentido común.
-¿Qué es?
Y Fern sonríe... y piensa es ¡ NUESTRO FIEL AMIGO
!
Por: Andrew Jones
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